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Ropa barata de hombre blanco muerto, a la venta

febrero 27, 2010

1 Comment by Rafa

En África la ropa descatalogada, de rebajas, con fallas es la norma y no es denigrante.

Casi todo el mundo compra ropa usada.

Ropa apilada en montones donde se puede encontrar sujetadores usados, calcetines, trajes de DKNY y jerseys de Michael Jordan.  Ockech Anorue desliza la bolsa de plástico del tamaño de una nevera que compró por 95$ y bucea en ella.  Hay gemas dentro, como la chaqueta de cuero “bomber” que una vez usó Tiffany de Costa Mesa High School.  Otra pieza cuelga del perchero de su puesto de 3X3 metros con una etiqueta de 25$.

“Esta ropa es el sueño realizado de mucha gente” dice Anorue, el jefe de la Asociación de vendedores en el mercado de Yaba.  “Todo el mundo usa esta ropa, desde los aseguradores, vendedores, gente pobre hasta los parlamentarios”.  Cuando se la ponen, no puedes diferenciar a un pobre de un rico.

Antes África se vestía con los tejidos de colores imposibles y diseños producto de la industria local que reflejaban el orgullo cultural.  Pero con la mitad de la población sobreviviendo con un 1$ al día, el continente se ha convertido en el reciclador de lo que tira el mundo.  La gente se da de tortas por unas medias de 10 céntimos, camisetas por 20 y vaqueros por 1$ rechazados o donados por los occidentales.

Un joven de la selva congolesa viste una camiseta que dice “Beam me up, Scotty”.  Un joven luchador de Liberia con un rifle AK-47 viste un albornoz como si fuera un abrigo.

En Togo, la ropa descatalogada se llama “ropa de hombre blanco, muerto”.  Poca gente en Africa del Oeste creería que una persona viva pudiera  tirar algo en tan buen estado.

Los consumidores en Uganda, Kenya y Tanzania llaman a la ropa usada “mitumba”, la palabra swahili equivalente a fardo.  “Sin mitumba, la mayoría de los ugandeses andarían desnudos en los pueblos, se lamenta el director de la editorial del periódico de más tirada del país, el “Monitor”.

La demanda insaciable de las tiendas de pueblo y de los mercadillos urbanos ha transformado la ropa descatalogada del occidente en una industria que da cientos de millones de dólares anualmente.  La ropa es el ejemplo más visible.  Las neveras que no reúnen las condiciones para venderse en occidente y el aire acondicionado, las medicinas caducadas y los colchones viejos son también rutinariamente enviados y revendidos aquí. Vehículos usados importados de Japón llenan las carreteras africanas.  Ordenadores anticuados de segunda mano llenan muchas oficinas de los gobiernos africanos.   Pura supervivencia con un coste a largo plazo: el continente está perdiendo su capacidad de producir su propia ropa.  Aunque la mano de obra es barata.  Los africanos no pueden hacer una camisa que cueste tan poco como una usada.  Casi todas las fábricas textiles de Zambia han cerrado.  La gran mayoría de las fábricas textiles en Uganda, Kenya, Tanzania y Malawi han cerrado también.  Miles de trabajadores han perdido sus puestos de trabajo.

Estamos cavándonos nuestra propia tumba” dice Chris Kirubi, un industrial keniano que culpa a la ropa de segunda mano de la caída de la industria textil.  “Cuando haces tu propia ropa, empleas a granjeros que cultivan el algodón y gente que trabaja en las fábricas textiles.  Cuando importas ropa de segunda mano te conviertes en tierra de desechos y desperdicios.

La ropa usada empezó a ser enviada desde América.  Grupos de caridad como Goodwill y Salvation Army vendían ropa donada al peso y al por mayor a los comerciantes, los cuales la valoraban.  La ropa de grado máximo acaba en los mercadillos ambulantes de Europa, Estados Unidos o Latino América.  La mercancía de menor grado, mucha de la cual está desteñida o manchada y rota, es etiquetada Africa A o Africa B.

Cuando llega a Africa, los balones de ropa pasan por una cadena de vendedores al por mayor hasta que son tiradas en los puestos en los mercadillos.  Muchos países, incluidos Nigeria, han intentado prohibir la importación de ropa usada, otros intentan aplicar tasas al comercio de la ropa usada.  Pero incluso, en Nigeria, que gana anualmente millones de dólares en la exportación de petróleo, la demanda de ropa usada es alta y los comerciantes muy creativos.

Así que cada mañana, antes de que el día comience,  el mercado de Yaba es un carnaval bullicioso de vendedores que se organizan para dar comienzo a la venta del día.

Transportan sus mercancías en carretillas hechas por ellos, pero principalmente en sus espaldas, tirándolas sobre el duro suelo para comer algo de las mujeres que calientan la comida y el desayuno sobre las cocinas de carbón portátiles.

El mercado se extiende, en una colección de techos galvanizados y edificios de aluminio.  Yaba no está entre los mercados más grandes de Lagos, la casa de 20 millones de habitantes.

“Algunos vendedores vienen a probar suerte“dice Anorue.  “los buenos vendedores saben que si tratas a los clientes bien volverán”.  En una esquina, los vendedores de ropa están agrupados alrededor de los camiones del tren.  Hay 20.000.  Cuando el tren se mueve- varias veces al día- los vendedores se apresuran a retirar sus puestos de la vía del tren.

Muchos están especializados como Izuka Aptazi, de 23 años, lleva el puesto llamado “el pie del atleta de Yaba”.  Cada día, Aptazi, quien luce jersey del jugador del Filadelfia, Allen Iverson, se recorre el mercado buscando zapatillas y jerseys de marcas conocidas de estrellas del deporte internacional.  Algunos vendedores le venden jerseys a precio de coste.  El gana cerca de 30$ al mes.

Al final de la cola, están los vendedores de ropa interior, tales como Teresa Williams cuya mercancía evidencia cuan bajo han caído:  ¿cómo puede estar la gente tan desesperada?, se preguntan, para comprar los cajones de ropa interior que otra gente desecha?

Debajo de una sombrilla multicolor, cerca de la vía del tren, Williams coloca vistosamente sus medias, por valor de 25 céntimos y sujetadores a 50 céntimos.  Ella anima a sus posibles clientes a comprar.  Pero Williams reconoce que cruzaría la línea y vestiría lo que vende.

Tres jóvenes pasan mirando su mercancía y riendo.  Cuando han pasado y están lejos, Williams dice “si los vieras debajo se su ropa, te apuesto a que visten ropa de segunda mano” y estalla en carcajadas.   Minutos más tarde, cuatro mujeres jóvenes de Surulere, un vecindario cercano conocido como la capital del cine de Nigeria, se paran y escojen .  Elijen media docena de medias rosas y negras.  Los nigerianos llaman a estos puestos “boutiques de rodillas” porque los clientes se han de arrodillar para rebuscar en la mercancía.  Pero a nadie le importa si el precio es bueno…., el precio es siempre negociable.

John Muriamo, un profesor de 45 años y padre de cuatro adolescentes, llega listo para regatear.  El tiene el equivalente a 20$ en sus bolsillos.  Viste una de las dos camisas de manga larga que posee.   El mantiene a su familia con 325$ anuales, un poco menos de 1$ al día.   Pero como a la mayoría de los africanos le pagan tarde, si es que le pagan.  El sudor resbala por su cara bajo el ardiente sol tropical, Muriamo para en el puesto de Precious Okoyo.  Selecciona una camiseta amarilla de los Lakers y una camisa de cuadros de Gap para sus hijos mayores y vaqueros anchos para sus hijos pequeños que tienen 14 y 15 años.  Finalmente elige para él una camisa de Yves-Saint Laurent de color blanco, de manga larga que con una corbata provocará el respeto de sus alumnos.

Okoyo hace sus cálculos y le dice que le debe 4,200 nairas, el equivalente a 28$.  “Te daré 1.800 nairas”, ofrece Muriamo su voz corta el ruido exterior del mercado.  No hay respuesta.  “Mire,  Srta. Precious, siempre compro aquí, le dice, ¿no soy tu mejor cliente?”  Hace su último intento…”Todos tenemos que vivir”. Profesor, 2,700 nairas y quedamos como amigos” dice Okoyo. “Pero recuerda la próxima vez es mi turno”.

Muriamo le entrega el dinero, recoge su mercancía y agradece a Okoyo con un apretón de manos.  Tiene una prenda de vestir para cada uno de sus hijos, una camisa nueva para su trabajo y 2$ en el bolsillo.  Sus hijos estarán contentos y su familia comerá hoy.

Como otros hombres nigerianos, Muriamo acostumbrara a vestir la ropa típica de colorido alegre, agbada, en las ocasiones especiales, o cuando el y su familia iban a la misa de los domingos a la Iglesia Pentecostal.  No puede acordarse de cuándo fue la última vez que se compró un traje tradicional.  Ahora, con sus $20 compraría una pieza de unos metros del material producido localmente.

“Encontramos mejores ofertas porque todo el mundo intenta hacer negocio” dice Muriamo acerca del mercado de segunda mano.

Una de las razones es la ley internacional sobre el comercio.  Mientras que las telas Nigerianas escasean y se encarecen, las reformas exigidas por los prestamistas  internacionales han eliminado las altas tarifas de la ropa importada, haciendo bajar los precios.  Después de una década de vestir ropa de segunda mano de los países de occidente, muchos africanos encuentran en esta necesidad un estilo.  Sus hijos no quieren vestir nada más.

“Si queremos que parezcan estrellas del rap y del deporte, no podemos competir” dice J.P. Olarewaju, quien dirige una asociación de fabricantes del sector textil de Lagos.  “Los niños quieren vestirse con vaqueros grandes y parecerse a sus héroes”.

“El día más feliz de mi vida será el día en el que se prohíba la ropa de segunda mano en este país”, dice Olarewaju, que viste un traje africano con motivos florales de color verde.  El reconoce que no ha podido mantener a sus propios hijos alejados de las compras en tiendas de segunda mano.

Los vendedores al por mayor nigerianos evaden la prohibición de enviar por barco mercancía al país vecino, Benin, un soborno a los oficiales de aduanas garantiza el pasaje a Nigeria – y da un empujón a la economía local.  El 15% de los ingresos proviene de las llamadas re-exportaciones.

Hace mucho tiempo, la ropa pasaba por una cadena de intermediarios a los mercados bulliciosos con millones de ávidos compradores.  Incluso cuando el feroz sol del mediodía africano brillaba sobre ellos, compradores y vendedores no paraban.

En el mercado de Yaba, los clientes buscan lugares a la sombra, donde hacer una pausa.  Los vendedores se apresuran a vender comida que llevan en sus cabezas, servir sus judías, verduras y carne.

Frente a una sombra encabezada por un letrero que dice “la mano de Dios: toda clase de pantalones desde chinos, vaqueros hasta electrónica.” Jóvenes tocando las congas y otros instrumentos de percusión.  La música acompaña a vendedores y clientes.  Algunos bailan hasta entrar en trance al ritmo de la música.  Sus cuerpos sudorosos convulsionan como en los cantos gospel.

“Oh, Dios, canta un joven vendedor, sus caras con expresión de éxtasis o dolor. “permite que nos pasen cosas buenas”.

Hoy, Anorue, que está especializado en vender faldas y trajes para mujeres trabajadoras, sonríe.  Su balón tiene hoy tres trajes de Donna Karan NY, un par de Ann Taylor y otros trajes de marcas italianas que no han sido vistas antes.

“Mis clientes me lo piden” dice, “se van a poner muy contentas”.

El siguiente balón puede ser distinto.  Pero la ropa nunca se tira.  “Esto es como el negocio del aceite de palma en el cual se extrae la pulpa del aceite para cocinar, de algunas partes de la palmera. “Nada, incluso la cáscara se pierde”.

Artículo original del periodista Davan Maharaj traducido por nuestra compañera Silvia y otros.

One Comment

  1. inma says:
    Domingo, febrero 28, 2010 at 12:24am

    Madre mia qe verdad tan grande. Es como si nosotros poderosos hombres del primer mundo hubieramos planeado vestir al pobre negro del tercer mundo, sin poder ni siquiera imaginar las consecuencias perversas que esto tendría.

    Me recuerda a la paradoja de los viajes en el tiempo, cualquier cosa que alteres en el pasado afectara al futuro, una simple hoja, un pequeño animal, un paso de más, quiza tenga como consecuencia que tú no nazcas.

    Esto es un ejemplo de lo poderoso que se cree el hombre, sin limite para hacer el bien y el mal, pero todo tiene consecuencias a veces impredecibles………………………..

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